El Butoh es una danza contemporánea japonesa. Nacido a mitad del siglo pasado e inspirado por la posguerra, el Butoh recuerda a los que sobrevivieron a la barbarie de Hiroshima y Nagasaki, cuyos cuerpos quemados, mutilados y dañados de cualquier manera avanzaban con cierto halo fantasmagórico.
Con esta base, no es difícil imaginar lo oscuro de este baile. Tendencia a los movimientos extremadamente lentos, cuerpos exhibidos en su estado más puro, escenarios igual de desnudos. Expresiones profundas de manera minimalista. Siempre intenso. Quizás difícil de entender en su totalidad en el marco occidental.
Y para comprobarlo, no creo que se haya presentado ni que se presente en mucho tiempo mejor oportunidad que la que ocurrirá en Valencia en estos días. Este sábado y domingo días 4 y 5 de octubre a las 20 horas tendrá lugar la representación “La bruma de la mañana y una vertical” a cargo de la compañía japonesa Shizuku. El espectáculo cuesta 12€ y tendrá lugar en el teatro Gran Cielo (C/ Padre Jofre, 7). Pero todavía hay más ya que la misma compañía organiza del 6 al 8 de octubre un taller intensivo de Butoh.
- ¿Sabes? Decías que tenía miedo, Michelle. Y es verdad, tengo miedo porque me gustaría que me quisieras. Y al mismo tiempo, no sé, me gustaría que no me quisieras más. Soy muy independiente.
- Pero yo te quiero y no como tú te piensas.
- ¿Cómo?
- No como tú te piensas.
- Tú no sabes lo que pienso. No lo sabes.
- Sí
- No, es imposible. Me gustaría saber qué hay tras tu rostro. Lo miro 10 minutos y no veo nada, nada, nada. No me entristece pero me da miedo.
- Gentil y dulce Patricia.
- No…
- ¡No! Entonces cruel, idiota, despiadada, lamentable, cobarde, despreciable…
- Sí, sí… Sé lo que quieres y me da igual. Lo voy a escribir todo en mi libro.
- ¿Qué libro?
- Estoy escribiendo una novela.
- ¿Tú?
- ¿Por qué no puedo? ¿Qué haces?
- Quítarte el jersey…
- Ahora no Michelle.
- Oh, qué pesada… ¿qué pasa?
- ¿Conoces a William Faulkner?
- No, ¿quién es? ¿Te has acostado con él?
- ¡Pues no tonto!
- Entonces me da igual. Quítate el jersey.
- Es un escritor que me encanta. ¿Has leído Les Palmiers Sauvages?
- Te he dicho que no. Quítate el jersey.
- Escucha. La última frase es preciosa: “Between grief and nothing. I will take grief“. Entre la pena y la nada, elijo la pena. Y tú, ¿qué elegirías?
- ¿La pena?, que tontería. Yo me quedo con la nada. No es mejor pero la pena es un compromiso. Es todo o nada. Ahora lo sé. Basta. ¿Porqué cierras los ojos?
- Intento cerrar los ojos fuertemente para que te pierdas en la oscuridad. Pero no lo consigo. Nunca desapareces del todo.
- Tu sonrisa. Cuando la veo… es lo que mejor tienes. Eso eres tú.
Sabina encontró muchas opciones de vida sobre las que elegir pero yo tengo las mías propias de las que, entre muchas otras, nombraría:
Trotamundos sin más. Funcionario de prisiones. Piloto de vuelos transoceánicos. Sexador de pollos. Presentador del prime time televisivo a nivel nacional. Misionero en algún rincón de África. Superstar musical. Drogadicto en alguna comuna hippie. Publicista en Tokyo. Médico con vocación. Actor porno. Profesor de español en el extranjero. Surfero en Australia. Auténtico monje budista nepalí. Becario en la Casa Blanca. Pescador en el Mediterráneo. Modelo sin comparación. Poeta natural. Jardinero en Hollywood. Diseñador gráfico. Un parado mantenido. Un negro literario. Guía turístico en Grecia. Un descarado. Oficinista en el Empire State Building.
Atento, piensa en qué momento la verdad y la locura se encuentran. Empieza por, ¿qué es la verdad? ¿Y qué es la locura? Y, ahora, ¿en qué momento la verdad y la locura se encuentran?
Hacia adelante. ¿Dónde ha ocurrido ahora? Quiero decir, los buenos días locos han quedado un poco muertos. Simplemente mira mi alrededor, es un lío. Pero estaré tan lejos de este sitio tan pronto como me digas donde está la noche. Te tienes que poner en marcha. Provócalo. Hacia adelante.
Sí, hay algo en el aire.
Hace ya tiempo desde la última vez que experimenté tu brillo. Ahora tienes una sonrisa aún más brillante y creo que me va a gustar hablar de cosas mejores. Tú sabes como maximizar todo alrededor y no cabrás en ti. Tienes que ponerte en marcha, lejos de lo que importa. Prepárate. Hacia adelante.
Sí, hay algo en el aire. Porque he estado soñando en que podríamos ser el fuego de esta noche. No puedes parar, tienes que ponerte en marcha.
No recuerdo bien mi vida en 1995. De eso ya hace trece años y por aquel entonces yo era una versión aún más joven de mí mismo. Inconsciente como toca a esa edad pero lo suficientemente curioso para contrarrestar mi inocencia. 1995 fue el Año Internacional de la Tolerancia según la ONU. Un año en el que Miguel Indurain ganó su quinto Tour de Francia de forma consecutiva, algo que no había conseguido nadie antes y supongo que nadie habrá superado hasta ahora. Un año en el que la folclórica que nos pidió una peseta a cada español, Lola Flores, murió, dejando tanta “pena, penita, pena” en el ambiente que su hijo, Antonio Flores, no pudo más que ir en su busca al otro mundo 14 días después. Un año en el que en España se estrenaba “El día de la bestia” y, a nivel mundial, el 3D conquistaba el cine y a los espectadores con “Toy Story“.
El caso, como decía, es que era joven. Sí, de eso no cabe duda. Supongo que haría lo que la gente de esa edad. Ir al colegio, ver la tele, merendar sandwiches de nocilla y considerar importante lo que con el tiempo perdería su valor. Como todos. Y visto así y desde la presunta madurez que otorga el relativo paso del tiempo, me siento a años luz de aquella época. Identificado simplemente por ser la causa pasada de las consecuencias presentes, pero poco más.
Pero ahora hago doble click sobre una línea en mi TFT y recuerdo de golpe y porrazo todos los momentos en los que apretaba el botón de play del walkman para escuchar lo que también hoy he escuchado. ¿Cómo es posible que me siga sintiendo identificado con lo mismo que ya lo consiguió cuando yo era lo que no creo ser ahora? ¿Cómo es posible que también se adapte a lo que soy hoy e incluso más que nunca? ¿Cómo es posible viajar al pasado sin ni siquiera haberlo intentado?
Me despierto tumbado y camino para sentarme. Estoy sentado mientras como, mientras descomo, mientras leo, frente al ordenador, cuando estudio, cuando espero e incluso también cuando me desplazo. Y todavía al descansar me quedan ganas de estar sentado.
De repente desconecto mientras los ruidos, voces y demás sonidos bajan decibelios y pasan a ser el hilo musical de mis pensamiento. “Ey, aprovecha este momento de ya monótono y aburrido reposo para reflexionar”, y entonces comienzo a pensar. Todo lo que me rodea en ese espacio me resulta borroso porque mi foco soy yo y la luz que en ese momento desprendo deslumbra lo demás. Me gusta, me siento ligero. Medito.
Muy pronto llego a una conclusión. Puedo pensar en tantas cosas… y no se me ocurre nada más que que no quiero estar en ese lugar ni en ese momento. Todo a pesar de no haber pensado otra alternativa mejor. Al menos sé lo que no quiero. Aunque quizá no sea suficiente. “¿Por qué todos los temas que se me ocurren son o demasiado banales o demasiado abstractos o demasiado concretos? ¿Cómo?, ¿es que existen otras posibilidades?”.
Vuelvo en mí. Vuelvo a estar en ese lugar y vuelvo a actuar como toca en ese ahí y ese ahora. Soy un buen chico y por el momento me compensa. Quién sabe hasta cuándo. Lo leí esta mañana, sentado, y volví a pensar en que el jodido Galeano volvía a dar en el clavo con su pasaje “La pálida”:
”Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado”.