30|04|06
No creo haber asistido a ningún espectáculo de flamenco en España. Me suena que una noche de hace muchos años vi en un rincón de la Plaza Mayor de Madrid a alguien que se atrevió a taconear en un tablao de usar y tirar. Me debió impresionar lo poco que vi porque aún lo recuerdo pero a parte de eso mi relación con el flamenco es más o menos igual de escasa que la de la media de españoles.
Pero por varias razones desde que vivo en Japón el flamenco paradójicamente ha empezado a llamarme la atención. He ido encontrando a varios japoneses que de una manera u otra estaban relacionados con el baile andaluz y sólo en mi más o menos modesto barrio he encontrado (por ahora) tres escuelas que por un precio no tan módico dan clases de arte flamenco.

Y es que los japoneses quizás estén tan hambrientos de Occidente como se dice pero en este caso no se trata de hamburguesas o llevar pantalones anchos porque una empresa lo ha puesto en el mercado y ha hecho que la gente se interese por consumirlo. Aquí hay gente a quien le gusta el flamenco como al más futbolero de los españoles y llegan a hacer de eso un alto porcentaje de su vida. De hecho, Japón es el segundo país del mundo que más flamenco consume y produce (después de España, por supuesto) y es aquí donde existen publicación especializadas sobre este arte aunque en España no haya ni una.

Pasión debe existir en todos los rincones del mundo pero creo que está claro que no todo el mundo la sube expresar y ni siquiera usar. Creo que la cultura japonesa está tan basada en el respeto que el exteriorizar cualquier cosa se hace con tanto cuidado que se pierde por el camino mucha espontaneidad. Pero a pesar de todo queda demostrado que la sangre corre por las venas de cualquier humano en la Tierra y que se puede aprender a canalizar y expresar los sentimientos mediante varios sistemas como puede ser el flamenco. Y eso es lo que parece que algunos japoneses consiguen. Algo que a priori parece requerir características incompatibles con la media del comportamiento japonés, supera todo eso y alcanza el nivel (e incluso lo puede llegar a superar) de a quien le debería resultar naturalmente más fácil.

Entre el viernes y el sábado asistí tres veces al espectáculo llamado “Vamos” que el club de flamenco de mi universidad organizó. Quizás jugaran con la baza de que no esperaba gran cosa de un grupo que en principio no podría considerarse profesional pero me equivoqué y me resultó tan impresionante que no tuve suficiente con ir una sola vez a verlo. Intentaré hablar con la gente del club para sacar conclusiones y me gustaría saber cómo se prepararan para la gran competición de flamenco (como si se tratara de un partido de béisbol) del próximo 1 de julio entre mi universidad (Waseda) y una de sus grandes rivales, Keio.

Seguiremos zapateando…
26|04|06
Tras la última tanda de actualizaciones, el fotolog ya contiene más de 1000 imágenes y, aunque sea un número rídiculo si se compara con las fotos que guardo en el disco duro y CDs, son suficientes para que sirvan de muestra de lo que intento capturar cuando disparo. Además todas esas fotos han sido tomadas con las diferentes cámaras digitales que he tenido y eso hace que se note tanto la evolución de las máquinas como del maquinador. Y ya que me pongo anuncio que he alcanzado un nuevo escalón con mi nueva adquisición que tanto me ha costado de conseguir. Se llama Panasonic FZ30 y hace que mi rentabilísima Sanyo AZ3 (que tan profesional es aunque no lo parezca) quede reducida a unos cuantos botoncillos pulsables.
Esto es de lo último que he añadido:

Diva - Panasonic FZ30

Clonación horizontal - Sanyo AZ3

Pasillo consolidado - Sanyo AZ3

Aparentemente aparente - Sanyo AZ3

Caminante en su camino - Sanyo AZ3

A la noche de Odaiba - Sanyo AZ3

Monocamino - Sanyo AZ3

En cualquier lugar - Panasonic FZ30

Cerezo en flor - Sanyo AZ3

Salta - Panasonic FZ30
Y más y más…
24|04|06
Muchas cosas han pasado en por lo menos los últimos dos meses. Tantas que podría decir abiertamente que ha sido el período de tiempo más ajetreado de lo que llevo vivido. Los he tenido ocupados pero sin duda nunca tan disfrutables como el partido que creo haberles conseguido sacar a estas últimas semanas.
Muchos kilómetros andados y recorridos por un medio o por otro y muchas experiencias vividas de las que antes sólo vivía muy de vez en cuando. Todo eso ya queda atrás y ahora es momento de intentar acoplarse a las vías del camino para que en adelante no haya peligro de descarrilar. Y eso no es fácil así que durante ya hace unos días es mi único empeño.
Mis padres me visitaron y visitaron Japón y lo que caracteriza al verbo visitar es que existe un receptor de esos visitantes el cual por norma general permanece en el lugar donde se produce el encuentro durante y, en principio, antes y tras él. En mi caso ha sido así. Yo estaba aquí, mis padres me visitaron mientras estuve aquí y se marcharon en el mismo momento en el que yo seguía aquí y aún ahora sigo aquí.
Y con todo este embrollo sólo quiero intentar explicar de alguna manera cómo me siento en este momento. Mucha confusión porque tan a gusto estaba antes de que mis padres me visitaran que, sinceramente, muy pocas veces pensaba en el momento de volver a España. Pero, como parece que le encanta decir a una amiga, su llegada removió la mierda e hizo que empezara a oler de nuevo (demasiado escatológico pero muy gráfico…). Un aroma que sin duda me trae buenos e incluso buenísimos momentos pero que contrasta con las ganas de que no acabe esto que aún parece que no sea consciente de estar viviendo. Y ahora sí lo tengo claro y digo que me quedaría más tiempo del que puedo y tengo previsto. Aquí ya hay gente que habla de la vuelta y es que, aunque me queden en el país unos 4 meses, sin duda ya ha pasado lo que más largo podía parecer…
Y hasta aquí escribo hoy. Creo que ha sido uno de los post más personales de los tres años que llevo escribiendo y la verdad es que no esperaba escribir nada parecido cuando he empezado con las primeras palabras pero ciertamente me apetecía y así lo he hecho. Además contrarresta la falta de post de los últimos días que puede ser que de nuevo aumente en breve pues estoy intentando seriamente conseguir conexión de Internet en mi casa.
¿Lo conseguiré…?
14|04|06
No tener conexión de Internet en casa no me ayuda en mi empeño por que los de “el más allá” sepan de mí pero, sin duda, no tiene nada que ver con que la intensidad de lo que vivo aquí haya disminuido.
Muchas cosas han pasado últimamente. Tantas que creo que nunca llegaré a contar por aquí. Desde el último post me encontré con mis padres en Osaka y les estuve enseñando la zona de Kansai (con principales ciudades turísticas como Osaka, Nara o Kyoto). Es curioso y a veces aburrido volver a visitar algo de forma turística cuando no hace demasiado que lo hiciste o, si lo hace, puedes recordarlo bastante bien. En cualquier caso, hice cosas que no había hecho como dormir en un hotel cápsula, descubrir algún que otro rincón nuevo o ser capaz de comparar como todo es diferente cuando tú nivel del idioma es mayor que la vez anterior en la que hiciste turismo en el lugar.
De vuelta a Tokyo, la primavera empezaba a decaer. Aunque siga todo florecido ya no lo parece tanto cuando las clases de la universidad empiezan y tienes que ir de aquí para allá buscando las clases, decidiendo qué clase prefieres en lugar de aquella que tan interesante parecía y todo eso combinado con tu nuevo trabajo no remunerado de guía por la ciudad.
Pero el tiempo va estabilizando las cosas y ya todo parece más normal e incluso parece que en algún momento todo vuelva a ser como antes y no tenga que terminar este post ya mismo para que me dé tiempo a llegar a la siguiente clase. Quizás terminé llamando a la compañía teléfonica para que me instalen la conexión…
De momento no tengo tiempo…
03|04|06
El Tokyo que despedí al irme a China es muy diferente del que me ha dado la bienvenida al llegar tras el viaje. Se podría decir que la primavera le queda mejor a Tokyo que a cualquier otra de las ciudades pavimentadas del mundo. Miles de árboles con colores dentro de la gama del blanco más radiante al rosa más puro colorean la vista de la ciudad por encima de la altura de los ojos. Es difícil distinguir la silueta de la rama que se esconde ante tal frondosidad de flores. De hecho es difícil calcular cuántos árboles se han unido para hacer tal ramo de flores de escala desproporcionada.
Ya sería suficiente esa cantidad de color pero la primavera se ceba con la ciudad y la inunda de pétalos multicolores por todos los rincones por donde el viento es capaz de colarse. Andar por la calle es como andar por el camino por el que acaba de pasar una cabalgata. Pero lo que parece confeti no es más que más y más pétalos caídos. Y es cuando sopla el aire cuando no puedes hacer más que pararte a mirar a tu alrededor. No es nieve pero lo parece y ahora entiendo tantas y tantas imágenes japonesas donde la flor del cerezo cae del árbol de manera ralentizada.
Los japoneses son conscientes de que esto no se puede ver en cualquier lugar y lo celebran. En cuanto va a florecer el cerezo (桜, さくら) la venta de cámaras fotográficas se dispara y las agencias de viajes reciben la visita de quienes quieren disfrutar al máximo de los colores de la primavera japonesa. Y una vez florecidos los árboles, compañeros de estudios, de oficina, de vecindario y gente en general se reúnen a sus sombras para comer y beber desde la manera más elegantemente clásica hasta rozar el exceso de alcohol y demás mal reputados condimentos del hombre.
Y mientras dure este espectáculo natural, Tokyo y el resto de Japón se visten de tonos rosados. Menús y snacks especiales de cereza o simplemente lo de siempre pero con envoltorio rosa. Las prendas de vestir son más rosas de lo normal y hasta la publidad del metro no puede ser más que del color del cerezo en flor. Y es que Japón es un país que por motivos religiosos (véase sintoísmo), otros culturales o simplemente geográficos, le sabe sacar provecho a los escenarios que la naturaleza le proporciona en cualquiera de las cuatro estaciones del año.
Yo no conocía esta clase de primavera…
01|04|06
Ya estoy en Tokyo. Esta madrugada paseaba por las exageradamente mestizas calles de Honk Kong y en unas horas he llegado a mis correspondientes metros cuadrados de tatami de esta otra gran megalópolis asiática.
Creo que en total han sido 24 días en China. Una experiencia que no puede ser menos que interesante ni más que lo que no se puede explicar. Ha sido mucho tiempo de aquí para allá. Miles de kilometros recorridos (alrededor de unos 10.000 kilómetros…), cientos de personas conocidas y decenas de recuerdos al día para guardar. En China he encontrado varias de las cosas que más me han impactado en mi vida. Una sensación parecida a la que se siente frente a las pirámides de Egipto es la que te cautiva cuando escalas hacia arriba y también hacia abajo la Gran Muralla o cuando intentas no sentirte observado frente a mil y uno de los soldados que, aunque hechos de terracota, te intimidan con sus mil y una miradas distintas. O las montañas al sur que han sido erosionadas en mayor o menor medida durante siglos y siglos para dejarte pasear o navegar entre ellas como si se tratara de grandes dinosaurios que parecen impasibles a tu paso. O esas otras enormes montañas que sabes que no son tan especiales por parecer que sujetan el cielo sino porque durante siglos han sido consideradas como sagradas y por nacer o morir en tierras tibetanas. O incluso lo que parece incompatible y combina lo más tradicional, clásico e incluso arcaico con lo que no se ve ni en esos países que tanto alardean de luces y sonidos. Shanghai debe ser una de las ciudades más futuristas del mundo, Pekín de las más contradictorias, Macau de las que más confunden y Honk Kong… a Honk Kong le queda pequeña la etiqueta de ciudad.
Y todo eso está en China. Y ya queda atrás en mi camino pero seguro que algún día vuelve a aparecer frente a mí (o mejor dicho a la inversa) y para entonces todo tendrá otra connotación aún más interesante.
Hasta entonces, disfruto de mi orgullo de poder sentirme toquiota y de haber alcanzado una sensación de arropamiento en un lugar tan lejano a todo lo que me debería resultar cercano. Ya me queda demasiado poco tiempo como para no pensar en la próxima oportunidad que pudiera aprovechar para volver…
Capítulos y más capítulos sin final…
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